domingo, 29 de agosto de 2010

El caso Alan Gross: ¿Pueden 12 docenas = 5? (*)

Por Saul Landau

Alguien, quizás el propio protagonista, cometió un error –a lo mejor un “descuido” como los burócratas de Washington llaman a sus errores. Alan Gross, en una misión para su compañía (DAI), que trabaja para la USAID (Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional) solicitó una visa de turista para viajar a Cuba con el propósito de “promover la democracia”, un eufemismo para socavar a gobiernos que se enfrentan a los dictados de Washington.
Imagínense al norteamericano de 60 años haciéndose pasar por turista mientras distribuye a cubanos laptops, teléfonos celulares y teléfonos satelitales (prohibidos). Gross debía saber que llamaría la atención de la seguridad del estado cubana. ¿O creía que inocuamente podía colocar caros equipos en hogares privados, como un Santa Claus que prolongara su noche de hacer regalos? Gross aseguró que su única intención era ayudar a la comunidad judía cubana a mejorar su tecnología de comunicaciones. ¿Creerán los judíos más religiosos que Dios les hablará solamente por teléfono satelital?
El gobierno ateo de Cuba, por supuesto, hubiera negado el permiso para realizar su tarea; así que muy bien, mintió y escribió la palabra “turista” en su solicitud de visa. No es realmente una mentira. Él esperaba visitar Tropicana y pasar un día en la playa entre una entrega de teléfonos satelitales y otra.
Gross sabía que Cuba no permite los teléfonos satelitales. Una señal en el aeropuerto lo anuncia. Los teléfonos satelitales no se pueden intervenir y pueden ser usados para enviar mensajes en clave en varias frecuencias. Por regla general su señal circunvala los sistemas telefónicos locales. Ah, estos teléfonos también pueden enviar las coordenadas para ataques aéreos. En Internet, Motorola anuncia sus teléfonos satelitales a precios de ganga, entre $1 795 and $5 273 dólares –sin contar gasto del servicio.
Adicionalmente, la compañía telefónica estatal cubana tiene un monopolio y no permite la competencia. Pero si Gross quería que los judíos se comunicaran con sus familiares en el exterior, ¿por qué no distribuir tarjetas telefónicas en moneda convertible, o teléfonos celulares hechos en Cuba con opciones de larga distancia pre pagadas?

¿Cómo adquirió él su mercancía? ¿No se dio cuenta la aduana cubana de todos esos teléfonos de alta tecnología en sus maletas, si todo equipaje que entra al país pasa por rayos X? No es probable. ¿Los recogió Gross en la Sección de Intereses de EE.UU.?
De todas maneras Gross, que trabaja para DAI, una compañía contratada por el gobierno de EE.UU., el enemigo primario de Cuba, falsificó su formulario de inmigración y no se inscribió en Cuba como agente del gobierno de EE.UU. En otras palabras, Cuba lo atrapó con las manos en la masa por fraude inmigratorio y no registrarse. ¿Pensó realmente que no lo atraparían? ¿No lo alertó nadie de su compañía o de la AID? ¿Un gringo andando por Cuba, entregando teléfonos satelitales a los judíos? Y no hay tantos en Cuba.
Dados los hechos de evidencia prima facie de su mentira a la inmigración cubana y la distribución de productos tabú, al oír los recientes comentarios de la secretaria de Estado Hillary Clinton cualquiera pensaría que Cuba había arrestado injustamente a una gruesa de inocentes norteamericanos judíos que trataba de ayudar a miembros de su sufrida tribu. Lo cuales, por cierto, ya reciben mucha ayuda de comunicación de manos de varias agencias judías en varios países.
Clinton llamó a los judíos norteamericanos a apoyar a Alan, quien “ha sido detenido en una cárcel cubana durante los últimos siete meses sin ser acusado de ningún delito –porque no cometió ningún delito. Estaba en Cuba como un trabajador humanitario y de desarrollo y, en realidad, estaba ayudando a la pequeña comunidad judía en La Habana, que se siente muy apartada del mundo”. Al hablar en una cena en honor de Hannah Rosenthal, la enviada especial de la administración Obama para monitorear y combatir el antisemitismo, Clinton mencionó el hecho a petición de la familia de Gross: “En realidad estoy haciendo un llamado a la activa comunidad judía en nuestro país para que se una a esta causa”. (Jerusalem Post, 15 de Julio.) Probablemente no tuvo tiempo de mencionar un hecho en sus declaraciones: Gross trabaja para una compañía contratada por una agencia de su propio Departamento de Estado –la USAID. (Discurso el 13 de julio en una recepción organizada para la comunidad judía.)
A fines de febrero pregunté a tres personas en la mayor sinagoga de La Habana; ninguna conocía a un norteamericano llamado Gross. Adela Dworin, vicepresidente de la Casa de la Comunidad Hebrea en Cuba “negó conocer a Gross y dijo que reconocidas organizaciones judías internacionales les habían suministrado conexiones legales a Internet”, según Noticias CBS.

(http://www.cbsnews.com/8300-503543_162-503543.html?keyword=Portia+Siegelbaum#ixz\z0tfoB4onk)

Anteriormente Alan Gross organizó sistemas satelitales de comunicación para evitar los canales controlados por el gobierno en Irak y Afganistán.
Al igual que un pez de fondo en la precaria cadena alimentaria de la subversión a un gobierno extranjero, Gross fue anzuelado por la policía cubana. Cuba aún no lo ha acusado formalmente, aunque funcionarios cubanos han dicho que “es sospechoso de espionaje”.
Al pedir la liberación de Gross, la secretaria Clinton ignoró el caso de cinco agentes cubanos sentenciados a largas condenas en prisiones federales de EE.UU. Al igual que Gross, no se inscribieron como agentes extranjeros (máxima pena, 18 meses); a diferencia de él, llegaron a Miami para luchar contra el terrorismo, no para socavar al gobierno o al sistema político norteamericano.

Los cinco agentes cubanos reconocieron que no se inscribieron como agentes extranjeros –su único delito. Pero el Departamento de Justicia los acusó, sin evidencias, de conspirar para cometer espionaje y otros delitos graves. Como era de esperar, el jurado y la jueza en Miami, al sentirse intimidados, los declararon culpables y los sentenciaron. Gross viajó a Cuba para socavar al gobierno cubano.
Motivos diferentes, pero ¿no va siendo hora de hacer un cambio? ¿Una gruesa por cinco? Judy Gross, la esposa, podría pararse junta a las esposas de los cinco prisioneros cubanos y exigir “Liberen a nuestros esposos”.

(*) Juego de palabras intraducible con el término “gruesa” (una docena de docenas, en inglés “gross”), y el apellido del personaje de referencia.

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